Aunque la actual Copa del Mundo todavía se encuentra en pleno desarrollo, el panorama a largo plazo del balompié internacional ya comienza a perfilarse en el horizonte. Con las sedes de 2030 repartidas principalmente entre España, Portugal y Marruecos, y la edición de 2034 asegurada para Arabia Saudita, la gran incógnita gira en torno al destino del torneo para el año 2038. Ante la falta de una designación oficial, el internacionalista Erasmo Zarazúa ha presentado un análisis para Prensa IBERO en el que plantea una sólida hipótesis: la máxima fiesta del futbol podría regresar a territorio mexicano y estadounidense mucho antes de lo imaginado.
El factor determinante para este posible retorno radica en los despachos de la FIFA y su latente intención de continuar expandiendo el formato de la competencia. Desde hace meses, el máximo organismo rector del futbol evalúa una propuesta impulsada por la Conmebol para elevar el número de participantes de 48 a 64 selecciones nacionales, inicialmente con el objetivo de celebrar a lo grande el centenario del torneo en 2030. Si este formato hipertrofiado demuestra ser viable y se instaura de manera definitiva, las exigencias logísticas se volverían un desafío monumental, limitando severamente la lista de países capaces de albergar el evento.
Es precisamente frente a este reto donde la dupla conformada por México y Estados Unidos cobraría una ventaja inigualable. Al contar con estadios de vanguardia, vías de comunicación y una inmensa capacidad hotelera ya probada y adecuada para la presente edición de 2026, la inversión económica necesaria para organizar un torneo de 64 equipos se reduciría drásticamente. De acuerdo con la proyección del analista, en este nuevo escenario Canadá ya no figuraría en la ecuación, consolidando a Estados Unidos como la sede principal y a México como su gran socio estratégico.
Esta reconfiguración representaría un escenario inmejorable para la afición nacional. Con un calendario de competencia mucho más robusto, el territorio mexicano tendría la capacidad de albergar una cantidad de partidos muy superior a los apenas 13 encuentros que recibió en esta ocasión. La abundancia de juegos abriría la puerta para que canchas de enorme tradición, como el Estadio Olímpico Universitario, el Jalisco, el Cuauhtémoc, el "Volcán" o incluso el proyectado y moderno estadio de Tigres a mediano plazo, se integren como sedes oficiales. Asimismo, el análisis sugiere que se podrían delegar partidos aislados a naciones como Honduras, Jamaica, Costa Rica o El Salvador, acercando por primera vez la magnitud de este evento a Centroamérica y el Caribe.
A pesar de estas fortalezas, el camino hacia 2038 cuenta con otros competidores de peso. Naciones como India, Australia y China han mostrado un fuerte interés en organizar la competencia. Sin embargo, estas sedes enfrentan un obstáculo reglamentario gigantesco: al celebrarse la edición de 2034 en Arabia Saudita, la confederación asiática quedaría inhabilitada para repetir como anfitriona debido a las políticas de rotación de la FIFA. Para sortear este impedimento, Zarazúa plantea la audaz hipótesis de que el organismo rector podría llegar a dividir administrativamente a la confederación asiática en dos bloques distintos —Medio Oriente y Asia-Pacífico— permitiendo así que países como Australia o China puedan competir formalmente por la sede sin violar los estatutos.